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sábado, 23 de junio de 2012
Las cosas invisibles:
Podían verlo todo, aún a la distancia,
sin confundir el blanco del vellón o el granizo,
distinguir entre el verde marchito de una acacia,
la retama amarilla y el olivar cobrizo.
Podían ver el tramo final de cada noche,
agazapando sueños bajo una luna fría,
los rebaños ajenos, iguales y distintos,
cada cual con su nombre, su cencerro y su guía.
Eran pastores diestros, podían asimismo,
ver en cada horizonte como en cada cayado,
el porvenir del tiempo, la luz de la madera,
el próximo torrente donde unir al ganado.
Los valles o las cimas no guardaban secretos,
para sus ojos hechos a contornos posibles,
pero un día inefable les fue dada la gracia
de contemplar silentes las cosas invisibles.
Un Ángel fue primero, heraldo del pesebre,
de la impar teofanía custodio y pregonero,
un Angel señalado para que el siglo sepa
que el Verbo se hizo carne y refulge el lucero.
Mas después, tras el Ángel, se dejó ver arriba,
una recia milicia celeste que alababa,
dando gloria al Nacido y paz para los hombres
de voluntad maciza como una antigua aljaba.
Oyeron viejos himnos, salmodias milenarias
hosannas y loores. Al fin todo calló.
Se cumplió la Escritura cuando entre sombras claras
notaron que era aquello lo que oído no oyó.
Danos Señor la gracia de poner la mirada,
en las cosas eternas que no solemos ver,
en las imperceptibles, incorpóreas, perennes,
brotadas al Principio de tu divino ser.
Concede a quienes pueblan esta patria de llantos,
la ciencia de saber que no sólo has creado
lo que pesa, se mide, se calcula o se vende,
sino la Cruz que supo dar nombre a lo fundado.
Haz que el mundo visible se rinda ante tu cuna,
así la sangre abraza dolorida a la llaga,
que la materia entera se convierta en vestigio
de la vez que dijiste: ¡Que la tierra se haga!
Vuélvenos pastoriles los oídos cansados
de escuchar estridencias más oscuras que el lodo,
que nuestra vista sea la de esos mayorales:
diáfana y ascendente para mirarlo Todo.(Antonio Caponnetto)
DIMAS
Izado sin quererlo en este monte,
crispada como un cuero la osamenta,
la tarde es un preludio de tormenta
y una raya de sangre el horizonte.
Abajo, trigo o flor están en ciernes
aguardando la trilla de las eras,
pero punzado aquí entre dos maderas
todo se ha vuelto un postrimero viernes.
Es justo. Soy pecado, culpa, yerro,
(aunque después apócrifos autores
me adjudicaron menos sinsabores)
fui delito y mi ley ha sido el hierro.
En cambio tú, Señor de la inocencia,
no es falta propia la que al fin expías,
yaces como está escrito que te irías,
mueres mi Dios, ajeno a la sentencia.
¿Qué flaquezas señalan a tu vida
desde Belén al podio de Pilato?
¿Qué tropiezo, si obrabas el mandato,
la imagen fiel del Padre, su medida?
No lo saben, maldicen las respuestas
de tu palabra invicta, del milagro,
ni el que te acerca un poco de avinagro,
ni los judíos y el siniestro Gestas.
Si tuviera esta mano desclavada
—esta mano Señor, que sembró el daño—
llegaría hasta el mismo travesaño
de la cruz, a besarte la mirada.
Esa que me dedicas y diviso
entre el llanto y la carne entumecida,
mientras tu voz retumba, estremecida:
“Hoy entrarás conmigo al Paraíso”.(Antonio Caponetto)
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